Della Pica

La superioridad del campeón

     All Boys le ganó a Flandria por 1 a 0, se aseguró el primer puesto del torneo y ya nadie duda que el equipo de José Romero vaya a salir campeón. No porque no sea posible que Morón no gane los cuatro partidos que le quedan, sino porque es algo utópico pensar que este equipo que ha demostrado ser el mejor de la categoría –no sólo por resultados sino también por el lindo y buen juego- y de todo el ascenso, no vaya a poder sacar un punto de los doce que le quedan por jugar.
     El partido fue malo, aburrido, opaco, sin brillo y con muy pocas jugadas de riesgo, pero nunca estuvo en duda la superioridad del campeón.
     El primer tiempo fue muy disputado en la mitad de cancha, y pese a que en la mayor parte del juego el albo tuvo la pelota, no supo quebrar la última línea del equipo de Jáuregui. Se notó mucho la ausencia de Zárate. Lo mejor del equipo local se vio en los desbordes de Hernán Grana por su carril y en la presión de Darío Stefanatto que corrió y luchó cada pelota que pasó por el mediocampo. El albo casi se pone en ventaja luego de un centro de nuestro Cafú que Martinez de cabeza estrelló en el travesaño.
     El segundo fue más de lo mismo. All Boys no generaba el juego al que nos tiene acostumbrado en el Islas Malvinas y Flandria esperaba que pasaran los minutos, para rapiñar un empate. Así fue que el blanco con más entusiasmo que ideas fue en busca de ese gol que lo dejara con un pie en el Nacional B. Y ese gol llegó. Ya estaba el “facha” Bartelt en la cancha y en una contra rápida y sin claridad, éste se metió en el área y fue camiseteado por Mattia: facha al pasto y penal. Penal que fue aprovechado por Martinez que le rompió el arco al uno de Jáuregui para que las trece mil almas que había en el estadio deliraran con su inevitable regreso a la B Nacional. Ahí se terminó un partido que desde antes del inicio parecía estar de más, no porque los restantes equipos sean malos, pero este All Boys es de otra categoría.

Adrián Rodríguez

La fiesta de mi barrio

     Ya desde el viernes, que se hizo el banderazo en apoyo a los jugadores con una gran convocatoria, se preveía que el sábado iba a explotar la cancha. El banderazo fue una fiesta y aunque la gente que lo organizó se olvidó de que Floresta termina en Directorio y no en Avellaneda, se esperaba que a la cancha asistan una gran cantidad de hinchas. Y fue así nomás.
     Desde bien temprano la gente se acercaba al estadio con una gran expectativa y en un clima de fiesta que se notaba a muchas cuadras de la cancha. Por Gaona y Artigas pasaban coches a los bocinazos con banderas blanca y negra desde las doce del mediodía. Me disponía a caminar hasta el lugar del partido, así que agarré Gaona derecho y junto con mis hermanos (Martín de 20 y Tomás de 7) caminamos con las remeras puestas y agitando un trapo de palo que tenemos. Los bocinazos se sucedían y la emoción de que mi equipo generara tal revolución, hicieron que se escaparan las primeras lágrimas de la tarde. Fue uno de esos autos que pasaba por ahí el que nos levantó y nos arrimó hasta la cancha, como si fuésemos mochileros, pero esta vez no tuvimos la necesidad de hacer dedo, bastó sólo con tener la remera del blanco.
     Luego de quince cuadras de bocinazos y de recibir saludos de todos los vecinos del barrio, llegamos al estadio donde todo era clima de campeonato a pesar de que no íbamos a poder coronar porque Morón no había perdido. Ya no importaba, nadie nos iba a quitar esa sensación de sentirnos en el Nacional. Suena soberbio, pero díganme si este equipo no lo es.
     La tribuna de Chivilcoy estuvo colmada, tanto que la policía no dejó entrar a más nadie una vez iniciado el partido. La Miranda se fue llenando progresivamente, pero al finalizar el partido estuvo al 80 por ciento de su capacidad. Trece mil personas deliraron en Floresta, aplaudiendo a un equipo que nos devolverá a la segunda categoría y, si no se desmiembra este grupo, no parece alocado pensar que este equipo nos pueda llevar a Primera. Esta es la fiesta de mi barrio, disfrutémosla después de siete años durísimos que sufrimos también en nuestro querido Floresta.